Fragments

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Fiction and Poetry / Narrativa y Poesía

Book cover for Caballo de CopasFrom: Un chileno en San Francisco

“Hidalgo era hombre de piel morena, blanqueada apenas en los Estados Unidos; el pelo negro y lacio, tieso sobre las cejas y la nuca; la boca pequeña y los labios finos, medio abiertos, en expresión que no era exactamente una sonrisa, sino más bien una dura amenaza; sus ojos eran obscuros y despreciativos. Una fea cicatriz le partía la mejilla izquierda. ¿Cuchillada? ¿Latigazo? Había en el algo de humilde y de achicado, pero también una expresión de burla y un desdén instintivo hacia todo y hacia todos. Su estatura era diminuta. En Chile le dirían “chico”; aquí, en los Estados Unidos, era un pigmeo. Yo le hablé largo rato ese día. Le conté mis andanzas y me escuchó sin mucho interés pero amistoso. El no hablaba gran cosa. A principio le creí tímido.  Tal vez se avergonzaba de su escasa educación, y creía ver en mi un individuo más cultivado y superior; tal vez se retraía para ocultar su origen humilde. Pronto me di cuenta de que estas suposiciones eran errada. De tímido, Hidalgo no tenía nada. Si alguna vez vivió en un ambiente humilde en Chile, eso ahora carecía de importancia. No hablaba, sencillamente, porque no tenía nada que decir. Escueto, monosilábico, Hidalgo hacia salir sus pocas palabras como piezas de un amoblado pobre; todas iban a su justo lugar, y tal vez por eso le inspiraban a uno el deseo de sentarse en ellas. Me di cuenta de que le había caído bien. Desde luego, era yo menor que él; además, mi experiencia en este país de gringos era tan escasa, que, aun siendo yo mayor que él, habría sentido la tentación de protegerme.

Sentado a una de las mesas frente a la ventana, aguardo un par de horas a que yo terminara mi trabajo. Sorbía café negro y fumaba cigarrillo tras cigarrillo. A ratos leía un periódico lleno de fotografías de caballos y jinetes; parecía concentrarse un instante, levantaba la vista luego, la perdía en los transeúntes, afuera, y en seguida volvía a estudiar, haciendo marcas con un lápiz rojo junto a los nombres de los caballos y la historia de sus actuaciones pasadas. Leía el “Racing Form”, la biblia de los carreristas norteamericanos. Salimos del restaurante cuando anochecía.”  

-- Alegría, Fernando. Caballo de copas.  Santiago de Chile: Zig-Zag [Tercera edición], 1967. p. 14

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From: My Horse Gonzalez

    Some time ago, I was washing dishes in a San Francisco restaurant. Don’t ask how I had sunk so low. I earned my keep and a few dollars extra by washing dishes. It was a worthy job. Worthy of a dog. In those days I was preparing for higher things which, at the same time, were far from clear. Dishwashing gave me the time to think and let my imagination soar. It taught me the stoic virtues of patience and understanding and, in a subtle way, served to beat down the false sense of gentlemanly dignity I had brought with me from Chile. After hours on end of scraping off the gravy they pour over mashed potatoes around here, if your stomach doesn’t turn at the sight of that brownish-green goo, you are either a hero or a martyr. Mashed potatoes make my hair stand on end; as for the gravy, it clouds my mind and I’d howl if they put a spoonful of that stuff to my lips.

    I was rescued from that martyrdom by a fellow countryman who dropped into the restaurant by chance one day.  Without hearing me say a word, how did Hidalgo guess that I was Chilean?  It must have been the sixth sense we develop abroad that makes us smell a paisano a mile away. Or maybe it was my looks, for have the map of Chile on my face.

    I am an auburn-haired, brown-eyed, wine-drinking Chilean, of ruddy complexion with a fine network of blood vessels on my cheeks and nose. In addition, I sport a moustache that is a riot of color, with blonde and red predominating. I come from the Central Valley of Chile. I have a big mouth, thick lips and I laugh easily. Dress me like an Eskimo and I’d still look like a Chilean huaso. Maybe that’s the reason Hidalgo picked me out so quickly.   I was busy at the counter sink when he approached me for a match. He asked for it in Spanish. I was not surprised because I was used to the Mexicans and Basques on Broadway. As he returned the matches he asked:

“You Chilean, ain’t you?”
“Yes, friend,” I replied.                                              
“Jesus, we’re countrymen,” he said. “Who would’a thought it.”
“I came to San Francisco not long ago. No kidding, so you’re Chilean too?”
“Yes, I am from the North. I was born in Antofagasta, but don’t ask me anything about it because I’ve spent the better part of my life in Santiago.”

    Hidalgo’s dark skin was beginning to bleach out slightly in the U.S.A.  His straight black hair was stiff over the brows and the nape of his neck.  When his thin lips attempted a smile the result resembled a snarl more than anything, and his dark eyes held a scornful look. An ugly scar bisected his left cheek. A knifing? A whiplash? There was something humble about him and he seemed cowed; but his expression had a trace of mockery also an instinctive disdain for everyone and everything. He was real small. In Chile he would have been considered a runt and dubbed “chico”; here in the U. S. A. he was a pygmy.  He listened politely but without showing much interest, saying little. At first I thought he was shy, that perhaps he was ashamed of his poor education and believed he saw in me a more cultured and superior being. I soon realized my mistake: there was not shy about Hidalgo. If in the past he had lived in poverty and had been denied an education, such things were unimportant to him now. He simply didn’t talk unless he had something to say. And when he did talk, he found the right words and put them in the right place, like chairs in a sparsely furnished room: you could sit on them. It was clear that he had taken a liking to me. I was obviously so green and young, my experiences in this gringo country was so limited that, given his character, it was only natural that he should want to protect me.   

-- Caballo de copas. [My Horse Gonzalez, translated by Carlos Lozano]. New York: Las Americas Pub. Co, 1964.

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Allende: mi vecino el Presidente
PREFACIO

Book cover for Allende, mi vecino el PresidenteNunca se me ocurrió escribir un enjundioso ensayo o un libro erudito sobre Salvador Allende Gossens. De un amigo a quien queremos y admiramos, no se dicen frases campanudas.  Se cuentan, en cambio, recuerdos amables, tristezas y alegrías modestas, los chispazos donde captamos un rasgo genial, las caídas que nos enternecen, la sensación ambigua de una vida intensa, el amor que lo engrandece, en fin, todo lo que sabemos y guardamos de el para entregarlo a quienes no lo conocieron, o lo conocieron mal, o, simplemente, apenas saben que existió.

Los gobernantes que tomaron el poder en 1973, respondiendo a un primer impulso político, sacaron a multitud de niños a las calles, en delantal blanco, acarreando un balde y una brocha, para blanquear con callas paredes de la capital y borrar así la más reciente historia de Chile. La cal nada pudo contra Allende. Los niños pintaban de día y, a la mañana siguiente, reaparecía su rostro, más firme y robusto que nunca.

La historia oficial tampoco puede con Allende, así como, al fin, se ha rendido frente a Pablo Neruda. El problema de las autoridades ante estos padres de la patria es que se enfrentan a personas que no se sienten cómodas en el cementerio. Como el difunto en el poema de Cesar Vallejo, Allende y Neruda –¡y tantos otros!– cayeron y siguen muriendo, es decir, jamás acaban de vivir. Kierkegaard ya lo dijo: "El tirano muere y su poder termina. El mártir muere y su poder empieza."

Así, pues, me gusta pensar en Allende como luchador social que yo conocí: orgulloso, echado para atrás, bueno para los combos –a pesar de su miopía–, y, al mismo tiempo, galante y elegante, rendido ante las mujeres y, cosa que a muchos sorprendía, profundamente tierno con los niños, bondadoso y querendón.  Sus familiares y amigos le decían Chicho.  Había quienes lo llamaban Pije. Era viñamarino de adopción y lo de Chicho se justificaba en el medio en que creció. ¿Pije? Bueno, se vestía impecablemente.  Para la gente del pueblo era simplemente choro.

No sé, francamente, que clase de monumento se le habrá de levantar en Chile cuando la verdadera historia patria comience de nuevo. A mí me gustaría verlo a caballo, con su chaquetón ovejero, a cabeza descubierta, empuñando una bandera chilena, como lo vi en las campañas del 58 y del 70. No le sentaba el casco de minero. De Presidente, con la banda tricolor terciada, salía algo movido en las fotos. Incomodo. Rodeado de niños de familias obreras en el parque del cerro Castillo, despidiéndolo y tomándole las manos: esa podría ser la imagen que prefiero.

Allende sabia bromear, echar tallas, reírse. Sabia enojarse y hablar golpeado.  Cuando peroraba saltaban las consonantes jugosas y explosivas.  Lo recuerdo nostálgico también y, si se quiere, triste, pero nunca débil o sentimental. Tenía la dureza y la piedad de los médicos pobres, el que paso su juventud haciendo autopsias para ganarse la vida. Rodeaba de ternura a su familia. Se casó enamorado de Hortensia Bussi, bella estudiante de pedagogía. Sintió un cariño de compañero por sus hijas: Carmen Paz, Beatriz e Isabel.  Quería entrañablemente a su madre y a Laura Allende, su hermana menor, la hermosa dama socialista que luchó a su lado durante años en el Congreso, quien, después del 73, vivió su destierro en Cuba y, acercándose a la muerte, buscó a tientas y desesperada a Chile, no lo halló, porque se lo negaron, y saltó al vacío un día, como viviendo las palabras de Jesús:  "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda él solo; pero si cae y muere, da mucho fruto."

A un amigo así, patricio y digno en su papel de diputado, senador y Presidente, que labró, poco a poco, un camino heroico, no pueden entonársele himnos, ni debe escribirse su vida en un libro de santos. Aprendió a combatir, pero no tuvo el tiempo suficiente para aprenderlo del todo. Sin embargo, llegó al final con un fusil en la mano, caliente de tanto disparar contra las fuerzas de aire, mar y tierra que lo acosaron en La Moneda.

Allende fue y es encamación de una crísis y de una guerra de liberación que no empezaron ni acabaron con él. Detrás de Allende esta la imagen del Presidente José Manuel Balmaceda. Junto a Allende, una compañía egregia de padrecitos revolucionarios: Recabarren, Lafertte, Grove, Matte, Neruda.  Nada empezó ni terminó en 1973. Por eso, Allende y su compañía siguen viviendo. Envidio a los niños del 73 quienes, ahora adultos y combatientes, descubren al compañero Presidente, el de los muros de barrios y de puentes y de rocas, tanto como al héroe venerado a través del mundo en plazas y parques, calles y avenidas y monumentos.

Mi vecino fue, y muy buen amigo.  Cuento, pues, su vida como siguiendo una conversación que tuvimos hace años en su casa de Guardia Vieja, Augusto Olivares sonriendo, Manuel Rojas callado, Tencha, Tati, Carmen Paz, Isabel, alrededor de una hermosa mesa de punta en blanco; afuera, en un sol que cae a través de flores y enredaderas, mueve su gran cola el perro Aca. Salvador me mira con afecto, como se mira al amigo que retoma de un largo viaje y comprueba que no ha cambiado. Yo me siento bien y hago sonar el pisco contra el paladar.

Escribo con el sentido que reconozco en la literatura histórica de mi tierra: en libertad absoluta para imaginar y con total respeto por lo imaginado y lo vivido.  Invento diálogos y personajes. Todas las fechas son fidedignas y plenas de la experiencia poética con que se vivieron.  No tiene otro sentido escribir la vida de un hombre que concibió la historia como un drama, cuyo desenlace nadie sino él previó y al cual, aun él, pareció llegar adelantado y entrar por una puerta oscura, no al escenario previsto, sino a otro improvisado.

¿Qué importa la hora?  Llegó, eso es lo esencial.  Nadie había creído jamás en Chile que La Moneda iba a ser bombardeada e incendiada, como en un malón de la Conquista. Pero así fue. Entre la ficción y la historia, no quiso escoger Allende.  Se quedó con ambas.  Así prefiero hacerlo yo también.
La bibliógrafa sobre Allende es frondosa y crece día a día. En mi trabajo me valí de entrevistas, cartas, memorias, artículos, ensayos, libros y toda clase de material gráfico.  No tratándose aquí de una investigación académica, guardo las notas bibliográficas en las entrarías de un subdirectorio, como dicen los cibernéticos. Y allí están a buen recaudo.

F.A., 1985-1989

-- Alegría, Fernando. Allende: mi vecino el presidente. Santiago: Planeta, 1989.

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Allende: A Novel
PREFACE

Book cover for Allende: a novelI don't remember exactly when and where I met Salvador Allende. It must have been in the thirties, at a time when students and workers were engaged in an intense struggle to unseat the oligarchy that had been ruling Chile since the nineteenth century. When I met Allende he was one of the leaders of this movement as president of the Students' Center of the School of Medicine at the University of Chile.

His relatives called him Chicho. I never knew why. Some people, not too friendly, preferred to call him Pije, a somewhat derogatory term reserved in Chile for men too fastidious about dressing. The truth is that Allende always dressed well and acted courteously firm. In difficult, threatening situations he could throw a well-aimed punch, in spite of his nearsightedness. Most of the time, though, he was kind and gentle. He was a ladies' man, willing to risk anything to gain a woman's favor. He also enjoyed practical jokes and disguises. All of this made Allende vulnerable, a strangely naive realist.

Our friendship was long and solid. I campaigned for him in the presidential elections of 1958, 1964, and 1970 (in 1964 together with Pablo Neruda). Hortensia Bussi, his wife, was a fellow student of mine at the University of Chile. I frequently visited the Allende home on Guardia Vieja in Santiago.

In 1971 President Allende asked if I would be interested in writing his biography for a publisher in Barcelona. I accepted and began a series of conversations with him. The last one took place in September 1973, days before his government was overthrown by a military coup. On September 11 I was going to be a guest for luncheon at La Moneda. That morning, at 5:00, I received a call alerting me to the fact that the coup had begun.

My book provides a reinterpretation of Chilean history in the twentieth century, specifically the efforts of a medical doctor to accomplish a peaceful socialist revolution. Allende was forced to confront a formidable opposition both from within and from without the country. As the leader of the second largest political party in Chile, he faced a well-organized, financially powerful Chilean oligarchy with strong links to the United States and Europe.

At the time that he was democratically elected president of Chile, it became obvious that Allende was offering Latin America a new democratic road toward liberation from economic injustice, foreign intervention by multinational companies, and state terrorism by military forces. Allende's socialist regime was doomed from the start. He was sabotaged by local political bosses and isolated by international economic interests. His own party drew away from him. At the end, Allende was a lonely fighter desperately struggling for a lost cause. He tried to bring about a coalition with the Christian Democrats, but failed.

In Samuel Chavkin's Storm over Chile (1985), I have been quoted as saying, "In my opinion Allende will not emerge in history as a revolutionary fighter, although he died fighting as a revolutionary." Now I would add that in telling the story of this respectable rebel, a liberal in the traditional sense of the word, I realize that he did not have the time to learn the martial arts he needed to defend the cause of freedom and democracy for which he died.

Allende did help the Chilean middle class and working class reach a measure of political and financial power. He did offer Latin American nations a way to find a well-balanced modus vivendi with the United States.

I consider this a conclusive biography of Allende. I have written it after working with him and representing him as cultural counselor at the Chilean embassy in Washington, D.C., home of Ambassador Orlando Letelier. I believe that my book reveals the inner struggle among the Popular Unity parties and leaders, together with the clandestine actions of agents plotting the overthrow of Allende's government; it tells the facts about the memorable battle of La Moneda and the death of Salvador Allende.
Why a novel? Writing about a personal friend who also happens to be a historical figure has induced me to go beyond simple circumstances: there are moods I must describe and interpret, words that I can hear which perhaps were not said, rumors, events that I did not witness and yet I feel I know how they happened.  All this has become a hidden world that calls for a novelist, not just a reporter.

F. A.

Alegría, Fernando. Allende: A Novel. Stanford, Calif: Stanford University Press, 1993.

 

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Poetry / Poesia

I.
Undress the Bearded Type slow like:
First, his sandals
Second, his vest
Third, his jingle bells
Fourth, his sombrero of thorns
Fifth, his leather pants
Sixth, the spikes through his hands
Seventh, his anguish
Eighth, the wheels of bike
Ninth, pray the Rosary
Tenth, rest your cheek on his warm white underbelly
The Lamb will reciprocate.
I.
Desnudad a un Barbudo de a poco:
Primero, las sandalias         
Segundo, el chaleco
Tercero, los cascabeles
Cuarto, su semblante de espinas
Quinto, sus pantalones de cuero
Sexto, los clavos de sus manos
Séptimo, su angustia
Octavo, las ruedas de su motocicleta
Noveno, rezad el Rosario
Décimo, descansad la mejilla sobre su vientre tibio y blanco
El cordero os corresponderá.

V.
Undress the Airforce General at high pressure
And into his little elephant mask slip
the fragrance of women and children who he has murdered singing
Seat him in a helicopter and unleash it wild blades:
he will bray like an ass possessed by a bull,
string a necklace of eyes around his throat,
parade him in goose-step
illuminate his spine with a machete:
he will shine for a few years and die with his boot on.

V.
Desnudad al Mariscal del Aire a presión
 y en su máscara de pequeña elefante
introducid el olor de las mujeres y los niños que asesinó
cantando
Sentadlo en su hélicoptero y desatad las navajas furiosas:
sonará como un asno poseído por un toro,
colgadle una sarta de ojos en el cuello
movedlo a paso de ganso
iluminadle la columna vertebral con un machete:
brillará algunos años y morirá con las botas puestas.
XIX.
Undress the Dictator in his lover’s house
Introduce him to his victims blood spurting out of their ears
and arrange them in the form of a crown at the foot of his bed
Uproot a metal from his chest and in the hole it leaves
place the heart of a wild pig
Note his back: if he has a tail dip it in French mustard,
the lover will go for it
Open the legs of the Dictator, remove the padlock
from his insides extract the bottles of Champagne
Then, shout it out: Salud!
XIX.
Desnudad al Dictador en casa de su querida
Presentadle a sus víctimas echando sangre por las orejas
y arregladlos en forma de corona al pie de su cama
Arrancadle una medalla y en el hueco que dejará en su pecho
colocad el corazón de un jabalí
Observad su espalda: si tiene rabo depositad allí mostaza
francesa
Abrid de piernas al Dictador, quitadle el candado
y de su interior extraed la botella de champagne
Después gritad: Salud.

Alegría, Fernando, Matthew Zion, Lennart Bruce, Matta, George Hitchcock, and Achilles Friedrich. Instructions for undressing the human race. [Santa Cruz, Calif.]: Kayak, 1960.

Book cover for Instructions for undressing the human race

 

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