Jorge Ruffinelli

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My Neighbor, Fernando Alegria  /  (en español: Fernando Alegría, mi vecino)

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by Jorge Ruffinelli

In 1994, Fernando Alegría (Santiago de Chile 1918 - Walnut Creek, California 2005) published a biographical narrative titled Allende: My Neighbor, the President. Alegria had known the Chilean president sacrificed in La Moneda on September 11, 1973 and had been Chile’s honorary consul in San Francisco during Allende’s administration. As legend has it, the military coup had caught Alegria unawares in Santiago, and to get out of the country he had relied on arrangements made by his university, Stanford, with the Department of State. Anyway, his departure had been carnivalesque, with the famous writer disguised as a woman: a nun. (Fernando used to tell this story laughing.)

Alegria was surrounded by some legends, as it should be with such an imaginative and humorous writer. It was no secret that he liked drinking, horse racing and literature. Like so many writers who had a fondness for strong drinks ­– Onetti, Revueltas, Bryce Echenique, and, at one point, Rulfo – as well as the Chilean wine Fernando found in unassuming shops and bought wholesale, by the box, he had fun when we told him he should title his memoir I Confess That I Have Drunk.

As far as horse racing is concerned, there was Caballo de copas, the marvelous novel from 1957, but also some facts not known to everyone. During the years when Fernando Alegría and British literary critic Jean Franco were colleagues at Stanford, one could imagine that their personalities would clash. A charming sybarite and a staunch feminist did not seem very likely to coexist well. And nevertheless, they were united by horses. Both were keen on equestrianism, and ended up buying a racehorse, until at some point Jean did the numbers and decided that the money from the (very few) races it won could not make up for the (many) losses, plus the maintenance costs for the old horse in the gilded Californian mangers.

Another time, years later, I witnessed an event of a completely different nature, this time more “academic”. I should begin by saying that Fernando Alegría had the admirable gift of improvisation. He was an ingenious and tireless conversationalist, who charmed those who listened to him. Even better if there was more of a public: he seemed to become inspired and fired up. Except for Ángel Rama, who was very similar, I cannot remember other examples of such eloquence. Once, Fernando and I were participating in a talk. I read my paper, in the disciplined North American style, where a presenter who does not bring a written talk is considered unreliable. We should not forget we are in the “publish or perish” community, and every talk is “of course” meant for publication. When it was Fernando’s turn, he gathered some sheets from the table, including some from my talk, went to the podium and started to “read” them. He gestured as if he was reading those pages when in fact he was making everything up. And no one ever found out any “seam” in that material. Fernando knew his subject and could create and recreate it as he pleased. At the end he gathered the sheets and returned to the table.

Every day, my neighbor Fernando Alegría would arrive at my house, two blocks from his, always at the same time: ten in the morning. He came for his whiskey, which was absolutely forbidden at his house on doctor’s orders (from his son). There, we developed some projects, such as the Paradise Lost or Gained?: The Literature of Hispanic Exile (1990) anthology we published together, as well as when we organized what would be his retirement party. Of course, as far as the latter is concerned, we had to demand that he finally retire, because there had already been numerous “farewell parties” during previous years, after which Fernando would regret his decision and return to teaching.

Alegría yearned for and deserved the National Literary Prize which has been awarded in Chile since 1942. The detestable literary clique of his country prevented his access to the prize. Without a doubt, the fact that Alegría was a successful Chilean abroad caused resentment. In 2005, Andrés Gómez Bravo published El Club de la Pelea, a detailed history of the National Literary Prizes in Chile. Not even Neruda avoided coming across as the mean-spirited villain who blocked Huidobro and Pablo de Rokha. The details of the account are there, and reading them causes sadness.

It causes even more sadness to know that my neighbor Fernando Alegría is gone forever.

Jorge Ruffinelli,
Santiago, 29 October 2005
Translated from Spanish into English by Elena Dancu.

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Fernando Alegría, mi vecino

En 1994 Fernando Alegría (Santiago de Chile 1918 - Walnut Creek, California 2005) publicó una memoria titulada Allende: mi vecino el presidente. Alegría había conocido al presidente chileno inmolado en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, había sido cónsul honorario de Chile en San Francisco, durante el gobierno de Allende, y la leyenda decía que el golpe militar en su país lo había sorprendido en Santiago, y que para salir del país había contado con gestiones que su universidad, Stanford, hizo con el Departamento de Estado, y la salida había sido de todos modos carnavalesca, con el conocido escritor disfrazado de mujer: de monja. (Todo esto lo contaba Fernando, riéndose).

Ciertas leyendas rodearon a Alegría, como debe suceder en un escritor fantasioso y lleno de humor como él era. Que le gustaba el trago, las carreras de caballos y la literatura no era secreto para nadie. Como tantos otros escritores afectos a la mayor variedad de bebidas fuertes -Onetti, Revueltas, Bryce Echenique, y en algún período Rulfo-, amén del vino chileno que Fernando encontraba en tiendas insospechadas y compraba en cajas, al por mayor, se divertía cuando le comentábamos que debía escribir sus memorias bajo el título Confieso que he bebido.

En cuanto a los caballos, ahí estaba Caballo de copas, la estupenda novela de 1957, pero también ciertos hechos no conocidos universalmente. Durante los años en que Fernando Alegría y la crítica británica Jean Franco fueron colegas en Stanford, uno podía imaginar que sus personalidades chocarían. Un sibarita coquetón y una feminista acérrima no parecían la mejor fórmula para la convivencia. Y sin embargo estuvieron muy unidos por los caballos. Aficionados ambos a la hípica, llegaron a comprar un caballo de carrera, hasta que en cierto momento Jean hizo cuentas y decidió que el dinero obtenido en las carreras ganadas (muy pocas) no compensaba con las perdidas (muchas) más los gastos de mantenimiento del matungo en los dorados pesebres californianos. Lo vendieron, pero continuaron asistiendo y apostando a las carreras.

En otra ocasión, años más tarde, pude presenciar otra historia de una índole completamente diferente, esta vez más "académica". Debo comenzar por decir que Fernando Alegría tenía el don admirable de la improvisación. Era un conversador ingenioso e infatigable, que producía encantamiento en quienes lo escuchaban. Si había más público, mejor, parecía inspirarse, incendiarse. Salvo el caso de Angel Rama, muy similar, no encuentro en mi memoria otros ejemplos de tanta elocuencia.  Una vez Fernando y yo participamos en una sesión de ponencias. Yo leí la mía, disciplinado y al estilo norteamericano, donde se reputa poco serio que un ponente no lleve escrita su comunicación. No debemos olvidar que estamos en el mundillo del publish or perish, y que cada ponencia está "naturalmente" destinada a su publicación. Cuando le tocó el turno a Fernando, éste juntó algunas hojas sobre la mesa, incluyendo algunas de mi ponencia, pasó al podio y comenzó a "leerlas". Hacía el gesto de estar leyendo aquellas páginas cuando de verdad estaba inventando. Y nadie le descubrió nunca "costura" alguna a aquel material. Fernando se sabía su tema, y podía crearlo y recrearlo a su antojo. Finalnente recogió las hojas y volvió a la mesa.

Mi vecino Fernando Alegría llegaba cada día a mi casa, a dos cuadras de la suya, siempre a la misma hora: las diez de la mañana. Venía por su trago de whisky, que tenía absolutamente prohibido en su casa por prescripción médica (de su hijo). Ahí se gestaron algunos proyectos, como la antología Paradise Lost or Gained?: The Literature of Hispanic Exile (1990), que publicamos juntos en 1991, como antes habíamos programado la que sería su fiesta de despedida jubilatoria. Claro que, con respecto a esto último, debimos exigirle que finalmente se jubilara, porque ya había habido varias "despedidas", en los años anteriores, después de las cuales Fernando se arrepentía de su decisión y volvía a enseñar.

Alegría ansiaba y merecía el Premio Nacional de Literatura que se otorga en Chile desde 1942. El detestable mundillo literario de su país le impidió acceder a él. Sin duda el hecho de que Alegría fuera un chileno exitoso en el exterior provocó resentimientos. En 2005, Andrés Gómez Bravo publicó El Club de la Pelea, una historia detallada de los Premios Nacionales de Literatura en Chile. Ni siquiera Neruda se salvó del miserabilismo de ser el villano cuando le cortó el paso a Huidobro y a Pablo de Rokha. Los detalles del relato están allí, y produce tristeza leerlos.

Más tristeza produce saber que mi vecino Fernando Alegría se ha marchado para siempre.

Jorge Ruffinelli 
Santiago de Chile, 29 de octubre de 2005

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