Marcia Campos

Page header image for Fernando Alegria's Centennial

Eulogy for Fernando Alegria / (en español: Elegía a Fernando Alegría)

Marcia Campos portrait

by Marcia Campos

Fernando walks astride unknown lands as a member of the Death’s Secret Society.

I first read his book “Lautaro, Young Liberator of Arauco” in my infancy, in an old catholic girl’s school in Santiago, Chile where nuns shuffled about in their black habits and white coifs.  More than 20 years of life experiences and relocations would pass by before I met its author, who was of my parent’s generation, at the house of Mrs. Hortencia Bussi de Allende, Salvador Allende’s widow, who had studied humanities with him at the University of Chile.  We met after the coup which shattered the back bone of Chile in 1973. We were all exiles then.

Another 20 years would pass before we would meet again, with him as a widow this time, in Stanford. He asked me for help. “I can't go on,” he said.   That is how I began to accompany him in his last years, days to his last breath.

Fernando lived through many seasons - springtimes full of hope, languid summers that seemed to be eternal with the smell of ripe fruit; golden autumns full of prizes and recognition.  However, his life’s winter, came upon him like the Mapocho river, suddenly, violent and grey, dragging under everything in its path.

Fernando Alegria was like a tree whose branches spanned the American continent from North to South, and whose roots penetrated the depth of his native soil and obsession- Chile. Chile that mysterious “sliver of abyss facing the void”, to whom he sang. We ate from the fruits of his imagination and drank from the sacred wine of his friendship.  Fernando sowed his seeds, leaving behind kids, grandchildren and an entire generation of students and readers.

Given that the linearity of time has been broken, everything has become simultaneous.  The serious kid in his cradle observing his parents, the child who followed around the boxers and switchblade wielding hoodlums along the Avenida de la Paz in Santiago, along which many of his works are set.  His dialogues with Thomas Mann, Albert Camus, Salvador Allende, Pablo Neruda, Gabriela Mistral and many more are timeless yet contemporary. In his singularity, he merges within himself, the dancer, the tango singer, the charmer, the rogue,  the husband, the father, and the distinguished professor at Stanford and UC Berkeley.  Fernando is all of these things, inimitable and timeless, including in his years of silence.

Few understood those last years of silence because the fact that he couldn’t say what he wanted to say didn’t mean that he didn’t have anything to say.  I accompanied him that stage as well, and I learned to translate his feelings and follow along with his thoughts.  We imagined and re-imagined his yearned return to Chile.  in doing so, the dreamed country cottage a bit inland from the sea, on the way to Limache, became stronger than reality.  It is possible that he was there, some moments.  I took notes of our conversations, which were at times as coherent and bright as usual. I did it with a faint notion of the fleeting condition of time.  Overtime, the dreamlike state began overtaking consciousness, and while the conversations continued, they became shorter. However, and without a doubt, Fernando Alegría died fully alive.

— Where are you Fernando?  If we only could answer this question! but perhaps it is better not to find out yet.  Life is so brief, and death so long.

I remember the last night, when he opened his eyes that had been closed for days and he said forcefully, “Look! Look!”, and he lifted his right hand as if showing me something that I couldn’t see.  It was his last gaze.  Perhaps he saw La Vita Nova.  Perhaps he could see Chile and its green roots. It is possible that he may have even seen me like Almitra on the pier waving to him, the eulogized and the beloved, as if he were on the departing ship at dawn, contemplating him from onshore, until the boat sailed into the mist.   But this time it was me, near the Port of San Francisco, far, very far from the Port of Valparaiso.

You have taken the secret with you, dear Fernando. You already walked into eternity.

Marcia Campos, November 5th, 2005

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Elegía a Fernando Alegría

Fernando camina ya por tierra incógnita, ha pasado a ser miembro de la Sociedad Secreta de la Muerte

Leí su libro, Lautaro Joven Libertador de Arauco, en mi infancia, en un antiguo colegio de monjas con hábitos negros y cofias blancas en Santiago de Chile. Iban a pasar más de veinte años de dislocaciones y experiencias antes de conocer al autor, coetáneo de mis padres, en México, en la casa de la viuda del Presidente Salvador Allende, la sra. Hortencia Bussi de Allende, quien fuera su compañera de los años del Pedagógico de la Universidad de Chile. Nos encontramos después de la golpiza que fracturo la columna vertebral de Chile, en el año 1973. Todos éramos exiliados entonces. Tendría que pasar mucho más tiempo, otros veinte años, para volver a encontrarlo, en pleno duelo de viudez, en Stanford. Me pidió ayuda; "no puedo más", me dijo, y fue así como lo empecé a acompañar en su últimos años y días, hasta su último suspiro.

Fernando vivió muchas estaciones; vivió primaveras llenas de augurios, veranos lentos con olor a fruta y aires de eternidad, vivió otoños dorados de premios y reconocimientos. Pero el invierno de su vida se le vino encima como el río Mapocho, imprevisto, violento y gris arrasando todo a su paso.

Fernando Alegría fue un árbol cuyas ramas cubrieron de norte a sur al continente americano y cuyas raíces entraron en lo más hondo de su tierra-obsesión, tierra-enigma: Chile, esa misteriosa "faja de abismo frente al vacío", a la cual canto. De los frutos intangibles de su imaginación comimos todos bebiendo el vino sagrado de la amistad. Fernando-árbol dejo hijos y nietos y también toda una generación de alumnos y lectores.

Rota ahora la linealidad del tiempo, todo se ha vuelto simultaneo; el niño serio en su cuna observando a sus padres, el chiquillo que seguía a los boxeadores y a los peleadores a cuchillo por el rumbo de la Avenida de la Paz, en Santiago, cuadrante de muchas de sus obras. Actuales y simultáneos son hoy sus diálogos con Thomas Mann, Albert Camus, Allen Ginsberg, Salvador Allende, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y muchos más.

En su imagen se funden el bailarín, el fugaz cantante de tangos y el seductor, junto al esposo, padre y profesor distinguido de Stanford y de la Universidad de Berkeley. Todo eso es Fernando Alegría ahora, irrepetible y atemporal, incluidos sus años de silencio.

Pocos entendieron el silencio de los últimos tiempos y es que no poder decir no significa no tener nada que decir. Lo acompañé también en esa etapa y aprendí a traducir sus sentimientos y a seguir sus pensamientos. Juntos hicimos y re-hicimos su anhelado retorno a Chile. De tanto imaginar con él la parcela del mar hacia el interior, por el rumbo de Limache, la imaginación llego a ser más fuerte que la realidad. Es posible incluso que haya vuelto, a ratos. Tomé nota de nuestras conversaciones, algunas veces coherentes y geniales, con la conciencia de lo fugaz del tiempo. El sueño le fue ganando a la vigilia y las conversaciones se fueron haciendo breves. Pero sin lugar a dudas, Fernando Alegría llegó a la muerte completamente vivo.

¿Dónde andas Fernando? ¡Si pudiéramos contestar tal interrogante! O quizás sea mejor no saberlo aun… ¡Es tan corta la vida y es tan larga la muerte!

Recuerdo la última noche, abrió los ojos que habían estado cerrados por días y dijo con fuerza: "¡Mira! ¡Mira!, y levantó su mano derecha, como queriendo mostrar algo que yo no podía ver. Fue su última mirada. Quizás veía La Vita Nova. Quizás divisaba a Chile y su raíz vegetal. Es posible que también me haya visto a mi como Almitra en el muelle de la despedida del elegido, el bien amado, que era en si como un amanecer, contemplando el barco de la partida hasta que se desvaneció en la neblina. Pero esta vez era yo, cerca del puerto de San Francisco, lejos, muy lejos de Valparaíso.

Te has llevado el secreto, amado Fernando. Has entrado en la eternidad.

Marcia Campos, 5 de noviémbre de 2005

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